miércoles, 24 de octubre de 2012

Prólogo.


-Buenas noches mamá, espero que duermas bien.- Su dulce mirada gris me hizo tranquilizarme, su sonrisa, su madurez. Mi madre era la persona que más me había ayudado y apoyado en los últimos meses. Era mi icono, mi ejemplo a seguir.
-Buenas noches cielo, descansa. –Me dio un beso en la frente, era increíble el cariño que podía llegar a transmitir sólo con ese pequeño gesto. Era perfecta. No había otra como ella, ni la habrá nunca.
-Oye, mamá… -¿De verdad iba a preguntárselo? No me lo creía, pero pensaba que sería bueno. -Mamá… ¿Crees que podría haber sido una buena madre?
-Cariño, no creo que podrías haber sido una buena madre, sé que habrías sido una buena madre. No le des vueltas, descansa, te vendrá bien. Te quiero princesa, no lo olvides nunca.
 Después de eso no pude más que sonreír. Más que mi madre era una heroína. Una heroína de leyenda. Salió de la habitación y me senté ante el escritorio, papel y lápiz en mano y comencé a escribir una carta. Una carta que no llegaría a su destinatario, puesto que ese destinatario no estaba vivo, se podría decir que ni siquiera había nacido.

 “Querido Lucas:
No me conoces, yo a ti tampoco. No hemos tenido la posibilidad de conocernos en persona, ojalá la hubiese tenido. Me habría encantado conocerte, estrecharte entre mis brazos, hacerte sentir querido, darte el amor de una madre, cosa que no se puede comparar con nada. Sé que igual no me porté demasiado bien, pero jamás ha dependido de mí. Tu destino jamás dependió de mí, si lo hubiese sido, las cosas serían diferentes. Estarías aquí, a mi lado, podría dedicarte todo el tiempo que me encantaría darte. Si pudiese pedir un único deseo sería que estuvieses aquí, conmigo, desearía no haberte dejado atrás, no haberte sacado de mi vida cuando ni siquiera habías entrado. Te quería, es algo que quiero que tengas presente.
Probablemente no leerás esto, seguramente no sabrás de mi existencia, es bastante imposible, pero pongo a Dios por testigo de que jamás he querido causarte algún mal, jamás quise nada de esto. Siento que no merezco volver a sentir la ilusión que tuve en mi interior cuando supe de tu existencia, cuando supe que te tenía en mi interior, me sentí llena de vida, sentí amor, pero no amor de pareja, sino amor de madre, el amor más puro y perfecto que puede llegar a sentirse. Si alguna vez vuelvo a sentirlo, lo haré bien, lo haré por ti, compensaré el mal que hice.
Te quiero y te querré siempre, no lo olvides nunca. No olvides que tu madre te querrá siempre, aunque no llegases a nacer.”

Después de eso, la doblé y la até a un globo, con la esperanza de que llegase al cielo, allí donde suponía que reposaba el alma de ese hijo mío que no llegó a nacer.